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hizcaino

Felicidades!

— Escrito por hizcaino @ 13:31

Echar una cabezada.

Por tanto, podemos darnos cuenta en qué consiste ponernos un sombrero determinado, que aunque imaginario permite que tengamos una actitud o rol diferente. El título es “Pensamiento Productivo: Seis Sombrero Para Pensar”, por tanto son seis roles o actitudes diferentes, que se presentan en tres dicotomías o contradicciones que mostramos a continuación: Datos y hechos puros. El color blanco denota neutralidad, y de eso se trata. Cuando nos ponemos imaginariamente este sombrero, debemos presentar información que puede ser numérica, cualitativa o hechos verificados o que nos han informado aunque no lo hayamos verificado. ¿Comprendería esto él mismo, el más listo de todos los que han practicado jamás el engaño de sí mismo? ¿Se lo confesaría, por último, en la sabiduría del valor con que enfrentó la muerte?... Sócrates quería morir: no fue Atenas, sino él mismo quien se condenó a beber la cicuta; obligó a Atenas a condenarlo a bebérsela... “Sócrates no es un médico-murmuró para sus adentros-; únicamente la muerte es un médico... Sócrates mismo sólo ha estado enfermo durante largo tiempo...” ¿Me preguntan ustedes cuáles son los distintos rasgos que caracterizan a los filósofos...? Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la misma noción del devenir, su mentalidad egipcíaca. Creen honrar una cosa si la desprenden de sus conexiones históricas, sub specie aeterni; si la dejan hecha una momia. Todo cuanto los filósofos han venido manipulando desde hace milenios eran momias conceptuales; ninguna realidad salía viva de sus manos. Matan y disecan esos idólatras de los conceptos cuanto adoran; constituyen un peligro mortal para todo lo adorado. La muerte, la mudanza y la vejez, no menos que la reproducción y el crecimiento, son para ellos objeciones y aun refutaciones. Lo que es, no deviene; lo que deviene, no es... Pues bien, todos ellos creen, incluso con desesperación, en el Ser. Mas como no lo aprehenden, buscan razones que expliquen por qué les es escamoteado. “El que no percibamos el Ser debe obedecer a una ficción, a un engaño; ¿dónde está el engañador?” “¡Ya hemos dado con él!', exclaman contentos. “¡Es la sensualidad! Los sentidos, que también, por lo demás, son tan inmorales, nos engañan sobre el mundo verdadero. Moraleja: hay que emanciparse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia, de la mentira; la historia no es más que fe en los sentidos, en la mentira. Moraleja: hay que decir no a todo cuanto da crédito a los sentidos, a toda la restante humanidad; todo esto es “vulgo”. ¡Hay que ser filósofo, momia; representar el monótono-teísmo con una mímica de sepulturero! ¡Y repudiar, sobre todo, el cuerpo, esa deplorable idea fija de los sentidos! ¡Plagado de todas las faltas de la lógica, refutado; más aún: imposible, aunque tenga la osadía de pretender ser una cosa real! ...” Exceptúo con profunda veneración el nombre de Heráclito. En tanto que los demás filósofos rechazaban el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban multiplicidad y mudanza, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas dotadas de los atributos de la duración y la unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Éstos no mienten, ni como creyeron los eleáticos ni como creyó él; no mienten, sencillamente. Lo que hacemos de su testimonio es obra de la mentira, por ejemplo la de la unidad, la de la objetividad, la de la sustancia, la de la duración... La “razón” es la causa de que falseemos el testimonio de los sentidos. Éstos, en tanto que muestran el nacer y perecer, la mudanza, no mienten... Mas Heráclito siempre tendrá razón con su aserto de que el Ser es una vana ficción. El mundo “aparencial” es el único que existe; el “mundo verdadero”, es pura invención... Nada es bello, sólo el hombre es bello: en esta ingenuidad descansa toda estética; ella es la verdad primordial de la estética. Agreguemos a renglón seguido otra segunda: nada hay tan feo como el hombre degenerado; queda así delimitado el reino del juicio' estético. Desde el punto de vista fisiológico, todo lo feo debilita y apesadumbra al hombre. Le sugiere quebranto, peligro e impotencia; le ocasiona efectivamente una pérdida de fuerza. Cabe medir el efecto de lo feo con el dinamómetro. Cuando quiera que el hombre experimente un abatimiento, sospecha la proximidad de algo “feo”. Su sentimiento de poder, su voluntad de poder, su valentía, su orgullo, se merman por obra de lo feo y aumenta por obra de lo bello... En uno y otro caso sacamos una conclusión: las premisas correspondientes están acumuladas en inmensa cantidad en el instinto. Lo feo es entendido como señal y síntoma de la degeneración; todo lo que siquiera remotamente sugiere degeneración determina en nosotros el juicio “feo”. Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de vejez y cansancio; toda clase de coerción, bajo forma de espasmo o paralización; en particular, olor, color-y forma de la desintegración, de la podredumbre, aunque sea en su dilución última en símbolo; todo esto provoca idéntica reacción, el juicio de valor “feo”. Manifiéstase aquí un odio, ¿y qué es lo que odia el hombre? No cabe duda que la decadencia de su tipo. Odia en este caso llevado por el instinto más profundo de la especie. En este odio hay estremecimiento de horror, cautela, profundidad y visión; es el odio más profundo que puede darse. Por él es el arte profundo... Schopenhauer. Schopenhauer, el último alemán que cuenta (por ser un acontecimiento europeo, como Goethe, como Hegel, como Heinrich Heine, y no tan sólo un acontecimiento local, “nacional”), es para el sicólogo un caso de primer orden, en cuanto tentativa maligna, pero genial de movilizar, con miras a una desvalorización total nihilista de la vida, precisamente las contrainstancias, las grandes autoafirmaciones de la “voluntad de vida”, las formas exuberantes de ella. En efecto, interpretó, uno por uno, el arte, el heroísmo, el genio, la belleza, el gran sentimiento de simpatía, el conocimiento, la voluntad de verdad y la tragedia como consecuencias de la “negación” o la necesidad de negación, de la “voluntad”: la más grande sofisticación sicológica que conoce la historia, abstracción hecha del cristianismo. Bien mirado, con esto Schopenhauer no es sino el heredero de la interpretación cristiana; sólo que supo aprobar hasta lo que el cristianismo repudia, los grandes hechos culturales de la humanidad, en un sentido cristiano, esto es, nihilista (o sea, como caminos de “redención”, como formas preliminares de la “redención”, como estimulantes del anhelo de “redención” ... ). Consideraré un caso particular. Habla Schopenhauer de la belleza con un ardor melancólico. ¿Por qué, en definitiva? Porque la tiene por un puente sobre el cual se va más lejos o se experimenta el anhelo de ir más allá... Se le aparece como algo que por un momento redime de la “voluntad”; como algo que incita a redimirse de una vez por todas... La ensalza en particular como lo que redime del “foco de la voluntad”, de la sexualidad; considera que ella implica la negación del instinto sexual... ¡Qué santo más raro! Alguien le contradice; temo que sea la Naturaleza. ¿Por qué hay belleza en sonido, color, fragancia y movimiento rítmico en la Naturaleza? ¿Qué es lo que fuerza la manifestación de lo bello? Afortunadamente, le contradice también un filósofo. Nada menos que el divino Platón (y así le llama el propio Schopenhauer) sostiene una tesis diferente: que toda la belleza excita el instinto sexual; que en esto reside precisamente su efecto específico, desde la máxima sensualidad hasta la máxima espiritualidad... No se imagina cómo he practicado hasta el final el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque “detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales, porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de tan agobiada que está mi cabeza. Aunque para mí escribir esté entre los frutos rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época: si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la concibo. Mi existencia es una carga espantosa: la hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos (el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal. El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.) En el presente toda mi capacidad de inventiva y todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros, y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más agradables y más deseables...

Estar hasta arriba.

Una de las características más tangibles del proceso cíclico del capital industrial y también, por tanto, de la producción capitalista, es el hecho de que, por una parte, los elementos integrantes del capital productivo proceden del mercado de mercancías, necesitando renovarse constantemente a base del mismo, comprarse como mercancías, mientras que, por otra parte, el producto del proceso de trabajo sale de él como mercancía necesitando venderse constantemente, una y otra vez, como tal mercancía. Basta comparar por ejemplo, a un arrendatario moderno de la Baja Escocia con un pequeño agricultor continental a la antigua. El primero vende todo lo que produce, por cuya razón tiene que reponer en el mercado todos los elementos para su producción, incluso la simiente; el segundo, en cambio, por lo general. consume directamente la mayor parte de su producto, compra y vende la menor cantidad posible de artículos, fabrica sus aperos, sus vestidos, etc. Madrid relax Si comparamos P... P´ con D... D' o con el primer ciclo, vemos que no tienen, uno y otro, en modo alguno, la misma significación. De por sí, como ciclo aislado, D... D' expresa simplemente que D, el capital–dinero (o el capital industrial en su ciclo de capital–dinero) es dinero que pare dinero, valor que pare valor, fuente de plusvalía. En cambio, en el ciclo de P el proceso de valorización queda ya consumado al terminarse la primera fase, la del proceso de producción, y después de recorrer la segunda fase (la primera fase de la circulación) M'–D', el valor del capital + la plusvalía existen ya como un capital en dinero realizado, como D' término final del primer ciclo. El hecho de haberse producido plusvalía se expresa, en la fórmula primeramente estudiada de P... P (véase forma explícita, t. II, p. 71), por m–d–m, que en su segunda fase cae ya fuera de la circulación del capital y representa la circulación de la plusvalía como renta. Bajo esta forma, en que todo el movimiento aparece representado por P... P, sin que por tanto exista diferencia alguna de valor entre los dos puntos extremos, la valorización del valor adelantado, la creación de plusvalía, se expresa exactamente lo mismo que en D... D'; con la diferencia de que el acto M'–D', que aparece como la última fase de D... D' y como la segunda fase del ciclo, es, en P... P, la primera fase de la circulación. girlsbcn.com Que Sócrates fue un décadent lo sugiere no sólo el admitido desenfreno y anarquía de sus instintos, sino también la superfetación de lo lógico y esa malicia de raquítico que lo caracteriza. No pasemos por alto tam­poco esas alucinaciones auditivas que como “demonios de Sócrates” han sido interpretadas en un sentido re­ligioso. Todo en él es exageración, buffo, caricatura; todo en él es al mismo tiempo oculto, solapado, furtivo. Trato de comprender la idiosincrasia de la que deriva esa ecuación socrática: razón igual a virtud igual a fe­licidad; es la ecuación más bizarra que pueda darse y que en particular está reñida con todos los instintos de los primitivos helenos. http://www.girlsbcn.com.es Por el distinto papel que desempeña durante el proceso de producción en la creación de valor y, por tanto, en la producción de plusvalía, los medios de producción y la fuerza de trabajo, considerados como modalidades del capital desembolsado, se distinguen como capital constante y capital variable, respectivamente. En cuanto diversas partes integrantes del capital productivo, se distinguen también en que los primeros, pertenecientes al capitalista, son capital si yo aun fuera del proceso de producción, mientras que la fuerza de trabajo sólo dentro de éste constituye una modalidad del capital individual. Si la fuerza de trabajo sólo es una mercancía en manos de su vendedor, del obrero asalariado, en cambio, sólo es capital en manos de su comprador, del capitalista, a quien se adjudica su uso temporal. Los medios de producción sólo se convierten en encarnación material del capital productivo, o en capital productivo, en el momento en que se les incorpora la fuerza de trabajo, como modalidad personal de aquél. La fuerza humana de trabajo no es por naturaleza capital, como no lo son tampoco, por la misma razón, los medios de producción. Sólo adquieren este carácter social específico bajo determinadas condiciones, históricamente dadas, del mismo modo que sólo bajo estas condiciones los metales preciosos revisten el carácter de dinero, y éste el de capital–dinero. Barcelona chicas Observaremos de pasada que, si se produce un cambio de valor de los elementos de producción, se manifiesta una diferencia entre la forma D ... D’, de una parte, y P... P y M'... M’, de otra parte. De putas en Madrid Lo que no se ve en absoluto es cómo puede surgir una ganancia del simple cambio de forma entre el dinero y la mercancía, de la simple trasmutación del valor de una de estas formas en la otra. Y, además, su explicación resulta absolutamente inadmisible por el hecho de tomar como punto de partida el capital comercial, el cual se mueve exclusivamente dentro de la órbita de la circulación. Pero ya volveremos sobre esto. Escuchemos antes lo que A. Smith dice acerca del capital fijo: “El segundo modo de empleo [del capital] consiste en mejorar las tierras o comprar aquellas máquinas útiles, instrumentos de co­mercio, u otra clase de bienes, que produzcan un ingreso o una ganancia, sin necesidad de tener que cambiar de dueño o circular ulteriormente. A estos capitales se les denomina, en consecuen­cia, con propiedad, fijos. Según las diferentes ocupaciones, así son las proporciones de los capitales fijos y circulantes que se emplean en las mismas... en el capital de cualquier fabricante o artesano ha de haber alguna porción invertida en los instrumentos del oficio. Esa porción es en unos más grande, y en otros más pequeña... en todos estos oficios [sastres, zapateros, tejedores, etc.] la mayor parte del capital circula en forma de salarios que se pagan a los obreros, o en el precio de los materiales, recuperándose con un bene­ficio en el precio del artículo”. valenciagirls Hay que observar que aunque los capitales I y II fuesen independientes entre sí, sólo representarían partes distintas e independientes del capital social desembolsado en la misma rama de producción. Por tanto, si el capital social dentro de esta rama de producción sólo se hallase formado por los capitales I y II, regiría para la rotación del capital social en esta rama el mismo cálculo que aquí establecemos para las dos partes I y II del mismo capital privado. Cada una de las partes del capital global de la sociedad invertida en una rama especial de producción puede calcularse así. En último resultado el número de rotaciones del capital global de la sociedad es igual a la suma del capital que gira en las distintas ramas de producción, dividida entre la suma del capital desembolsado en todas ellas. scorts Madrid Este proceso que aquí describe Lardner con referencia a los ferrocarriles no se da en una fábrica aislada, pero si refleja la imagen de la reproducción constante, parcial, mezclada con las reparaciones, del capital fijo dentro de toda una rama industrial o dentro de toda la producción en general, considerada en una escala social. Prostitutas de lujo en Navarra En P...P, P puede comenzar el nuevo ciclo con el mismo valor e incluso con menos, y, sin embargo, representar una repro­ducción en escala superior, por ejemplo, cuando ciertos elementos de las mercancías se abaraten al intensificarse la productividad del trabajo. Y, por el contrario, en el caso inverso, puede ocurrir que un capital productivo superior en cuanto a su valor represente una reproducción en una escala materialmente inferior: por ejemplo, cuando los elementos de producción se encarezcan. Y lo mismo en lo que se refiere a M'...M’. accompagnatrice Barcelone El verdadero ciclo del capital industrial, en su continuidad, no es, por tanto, solamente la unidad del proceso de circulación y del proceso de producción, sino la unidad de sus tres ciclos. Pero, para ello, es necesario que cada una de las diferentes partes del capital vaya recorriendo sucesivamente las distintas fases del ciclo, pase de una fase, de una forma funcional a otra; que el capital industrial, como el conjunto de todas estas partes, aparezca, por tanto, simultáneamente, en las diferentes fases y funciones, describiendo con ello los tres ciclos al mismo tiempo. La sucesión de las diversas partes se halla aquí condicionada por su yuxtaposición, es decir, por la división del capital. Así, en el sistema fabril ramificado, el producto aparece en las diferentes fases de su proceso de fabricación con la misma continuidad que en la etapa de tránsito de una fase de producción a otra. Y como el capital industrial individual representa una determinada magnitud que depende de los medios del capitalista y que supone un determinado mínimum para cada rama industrial, su división deberá hallarse presidida por ciertas cifras proporcionales. La magnitud del capital existente condiciona el volumen del proceso de producción y éste, a su vez, el volumen del capital–mercancías y del capital–dinero, allí donde éstos funcionan al lado del proceso de producción. Y la yuxtaposición que condiciona la continuidad de la producción sólo existe a través del movimiento de las partes del capital, en que éstas van recorriendo sucesivamente las diferentes fases. La yuxtaposición, es, a su vez, simple resultado de la sucesión. Si, por ejemplo, M' – D' se estanca en una de sus partes, si la, mercancía, supongamos, es invendible, se interrumpirá el ciclo de esta parte y no se efectuará la sustitución por sus medios de producción; las sucesivas partes que brotan como M' del proceso de producción encontrarán bloqueado su cambio de función por la que las precede. Si esta situación se mantiene durante algún tiempo. la producción se restringirá y se estancará todo el proceso. Por tanto, todo lo que paralice la sucesión descoyunta también la yuxtaposición y el estancamiento producido en una de las fases determina un estancamiento mayor o menor en todo el ciclo, no sólo en el de la parte de capital estancada, sino en el del capital individual en su conjunto. saunas de relax en barcelona El problema no estriba, por consiguiente, en saber de dónde proviene la plusvalía, sino de dónde proviene el dinero en que la plusvalía se convierte. acompañante de lujo D', como simple punto final de D... D', lo mismo que M', tal como aparece dentro de todos estos ciclos, no expresa de por sí el movimiento, sino su resultado: la valorización del valor del capital realizada en forma de mercancía o en forma de dinero, y, por tanto, el valor del capital como D + d o como M + m, como la relación entre el valor del capital y su plusvalía, considerado éste como su vástago. Expresan este resultado como distintas formas de circulación del valor del capital valorizado. Pero ni en la forma M' ni en la forma D' la valorización operada es, de por sí, función ni del capital–dinero ni del capital–mercancías. Como formas o modalidades especiales y distintas, que corresponden a funciones especiales del capital industrial, el capital dinero sólo puede ejercer funciones de dinero y el capital–mercancias funciones de mercancía, y la diferencia que entre ellos existe es, simplemente, la que existe entre la mercancía y el dinero. Por las mismas razones, el capital industrial, en su forma de capital productivo, sólo puede estar formado por los mismos elementos que cualquier otro proceso de trabajo productivo: por un lado, las condiciones materiales de trabajo (los medios de producción); por otro, la fuerza de trabajo empleada productivamente, con arreglo a un fin. Y, así como en la órbita de la producción el capital industrial sólo puede existir con la composición que corresponde al proceso de producción en general, y, por tanto, también al proceso no capitalista de producción, en la órbita de la circulación sólo puede existir bajo las dos formas correspondientes de mercancía y dinero. Pero, como la suma de los elementos de producción se manifiesta desde el primer momento como capital productivo por el hecho de que la fuerza de trabajo es fuerza de trabajo ajena comprada por el capitalista a su propio poseedor, del mismos modo que compra los medios de producción a otros poseedores de mercancías; como, por tanto, el proceso de producción se manifiesta también de por sí como función productiva del capital industrial, el dinero y la mercancía aparecen también como formas de circulación del mismo capital industrial y sus funciones como funciones de circulación de éste, que sirven de introducción a las funciones del capital productivo o brotan de él. Su concatenación como formas funcionales que el capital industrial tiene que recorrer en las distintas fases de su proceso cíclico es lo que hace que la función del dinero y la función de la mercancía sean aquí, al mismo tiempo, funciones del capital–dinero y del capital–mercancías. Es falso, por tanto, querer atribuir a su carácter de capital las cualidades y funciones específicas que caracterizan al dinero como dinero y a la mercancía como mercancía; como también es falso, a la inversa, pretender atribuir las cualidades del capital productivo a su modalidad de existencia bajo la forma de medios de producción. compañia intima

Parar en seco.

Confieso que siento, al escribir estas líneas, un poco de vergüenza. Pase el que la literatura inglesa anticapitalista de las décadas del veinte y del treinta sea tan absolutamente ignorada en Alemania, a pesar de que ya en la Misére de la Philosophie, Marx alude directamente a ella y de que en el primer tomo de El Capital cita repetidas veces algunas de estas publicaciones: el folleto de 1821, a Ravenstone, a Hodgskin, etc. Pero el hecho de que no sólo el literatus vulgaris que se agarra desesperadamente a los faldones de la levita de Rodbertus, ese literato "que no ha aprendido realmente nada", sino incluso el profesor de oficio que "se jacta de erudición" haya olvidado su economía clásica hasta el punto de poder acusar seriamente a Marx de copiar de Rodbertus, cosas que pueden leerse ya en A. Smith y en Ricardo, demuestra cuán bajo ha caído hoy, en Alemania, la economía oficial. Clubs de alterne en Madrid A esto se nos dice que una mayor inversión de capital–dinero variable (se parte, naturalmente, del supuesto de que el valor del dinero no ha variado) significa una masa mayor de medios pecuniarios en manos de los obreros. Esto trae como consecuencia una mayor demanda de mercancías por parte de ellos. Como consecuencia del mismo fenómeno aumenta también el precio de las mercancías. Se dice, asimismo: al subir los salarios, los capitalistas aumentan los precios de sus mercancías. El alza general de los salarios determina en ambos casos una subida de los precios de las mercancías. Por tanto, será necesaria una masa mayor de dinero para hacer circular las mercancías, cualquiera que sea la explicación que se dé de la subida de los precios. dama de compañía "Para que el dinero fluya constantemente como moneda, es necesario que ésta se cuaje constantemente como dinero. La circulación constante de la moneda se halla condicionada por su constante estancamiento, en proporciones mayores o menores, en fondos de reserva monetarios que brotan por todas partes dentro de la circulación y la condicionan, cuya formación, distribución, disolución y reproducción cambian continuamente, cuya existencia desaparece sin cesar y cuya desaparición subsiste incesantemente. A. Smith ha expresado esta transformación incesante de la moneda en dinero y del dinero en moneda en el sentido de que todo poseedor de mercancías debe tener siempre en reserva, además de la mercancía especial que vende, una determinada suma de la mercancía general, para sus compras. Ya veíamos que, en la circulación M–D–M, el segundo eslabón D–M se fracciona constantemente en una serie de compras que no se efectúan de una vez, sino sucesivamente a lo largo del tiempo, de tal modo que una porción de D circula como moneda, mientras otra porción descansa como dinero. Aquí, el dinero sólo es, en realidad, moneda en suspenso y los distintos elementos integrantes de la masa monetaria circulante aparecen siempre alternativamente revistiendo tan pronto una forma como otra. Esta primera transformación del medio de circulación en dinero sólo representa, pues, un momento técnico de la misma circulación del dinero." (Carlos Marx, Contribución a la crítica de la economía política, 1859, pp. 105 s. Se emplea la palabra "moneda", por oposición a dinero, para designar el dinero en su función de simple medio de circulación por oposición a sus otras funciones.) escortmadrid.com.es Supongamos, por el contrario. que es el comprador quien tiene el privilegio de comprar las mercancías por debajo de su valor. No hace falta siquiera recordar que el comprador será, a su vez, cuando le llegue el turno, vendedor. Mejor dicho. lo ha sido ya, antes de actuar como comprador. Por tanto, antes de ganar, como compra­dor, el 10 por ciento, habrá perdido la misma suma como ven­dedor.26 No habrá cambiado absolutamente nada. bcn girls Sin embargo, la forma simple de valor se remonta por sí misma a formas más complicadas. Por medio de esta forma, el valor de una mercancía, de la mercancía A, sólo puede expresarse, induda­blemente, en una mercancía de otro género. Cuál sea el género de esta otra mercancía, si levitas, hierro, trigo, etc., no hace al caso. acompañantes madrid Por consiguiente, según que aquella mercancía se encuadre en una relación de valor con esta o la otra clase de mercancías, tendremos distintas expresiones simples de valor de la misma mercancía.25 El número de posibles expresiones de valor de una mercancía no tropieza con más limitación que la del número de clases de mercancías distin­tas de ella que existan. Su expresión simple de valor se convierte, por tanto, en una serie constantemente ampliable de diversas expre­siones simples de valor. Acompañantes Madrid La transformación del tipo social de explotación, producto obligado de la transformación experimentada por el instrumento de producción, se opera a través de un caos abigarrado de formas de transición. Estas formas varían según la extensión en que y el espacio de tiempo durante el cual la máquina de coser se adueña de esta o aquella industria, según la situación anterior de los obreros, el predominio de la manufactura, el trabajo manual o el trabajo a domicilio, el tipo de alquiler de los locales de trabajo, etc.184 En la modistería, por ejemplo, donde el trabajo se hallaba ya organizado en gran parte, principalmente por medio del régimen de la cooperación simple, la máquina de coser empieza actuando como un simple factor de la industria manufacturera. En la sastrería, la camisería, la zapatería, etc., se entrecruzan todas las formas. Aquí, reina la verdadera explotación fabril. Allí, son los intermediarios los que reciben el género del capitalista en jefe, reuniendo en “sótanos" y "buhardillas”, en torno a las máquinas de coser, de 10 y a 50 y aún más asalariados. Finalmente, corro ocurre con toda la maquinaria que no forma un sistema coherente y que, además, puede aplicarse en un formato diminuto, abundan los casos en que los artesanos o los obreros domiciliarios, ayudados por su propia familia, o por la aportación de unos cuantos obreros contratados por ellos, emplean máquinas de su propia pertenencia.185 En realidad, en Inglaterra impera actualmente el sistema de que el capitalista concentre en sus locales un gran número de máquinas, distribuyendo luego el producto de éstas entre un ejército de obreros domiciliarios para que lo rematen.186 Sin embargo, esta abigarrada variedad de formas de transición no oculta la tendencia hacia la transformación de en !as industrias en verdaderas fábricas. Esta tendencia es alimentada por el carácter de la misma máquina de coser, que, al consentir diversas aplicaciones, estimula la reunión de diversas ramas industriales antes separadas en el mismo edificio y bajo el mando del mismo capital, por la circunstancia de que el trabajo provisional de las agujas y algunas otras operaciones son más adecuadas para ejecutarse donde están las máquinas, y, finalmente por la inevitable expropiación de los artesanos y obreros a domicilio que producen con máquinas de su propiedad. Este destino es ya, en parte, una realidad en los momentos actuales. La masa cada vez mayor de capital invertido en máquinas de coser187 espolea la producción y engendra paralizaciones de mercado que obligan a los obreros domiciliarios a vender sus máquinas. Además, la superproducción de máquinas de éstas lleva a sus productores, hambrientos de mercado, a cederlas por un alquiler semanal, creando así una concurrencia mortal para los pequeños propietarios de máquinas.188 Las mejoras constantes introducidas en la construcción de estas máquinas y su abaratamiento deprecian sin cesar los viejos ejemplares, que, vendidos en masa a precios irrisorios, sólo son rentables en manos de grandes capitalistas. Finalmente, la sustitución del hombre por la máquina de vapor da la señal decisiva, en este como en otros procesos semejantes de transformación. El empleo de la fuerza de vapor tropieza en los primeros momentos con una serie de trabas puramente técnicas, como la trepidación de las máquinas, la dificultad de dominar su marcha, la rápida deteriorización de las máquinas ligeras, etc.; obstáculos todos que la experiencia enseña pronto a vencer.189 Si, de una parte, la concentración de muchas máquinas de trabajo en grandes manufacturas empuja al empleo de la fuerza de vapor, de otra parte, la concurrencia que se entabla entre el vapor y los músculos humanos acelera la concentración de obreros y de máquinas de trabajo en grandes fábricas. Así, Inglaterra pasa en estos momentos, en la gigantesca rama de producción del “Wearing Apparel” (98) y en la mayoría de las demás industrias, por la transformación de la manufactura, del trabajo manual y del trabajo domiciliario en explotación fabril, cuando ya todas aquellas formas, transformadas, desarticuladas, descoyuntadas en su totalidad bajo la influencia de la gran industria, había, reproducido y recogido desde hacía ya mucho tiempo todas las monstruosidades del sistema fabril, agrandadas incluso, sin recoger en cambio ninguno de sus aspectos positivos de progreso190

 

La forma relativa simple o aislada del valor de una mercancía convierte a otra mercancía en equivalente individual suyo. La forma desarrollada del valor relativo, expresión del valor de una mercancía en todas las demás, imprime a éstas la forma de diversos equivalentes concretos. Por último, una forma especial de mercancías reviste for­ma de equivalente general cuando todas las demás la convierten en material de su forma única y general de valor. contactos españa 133 Según el censo de 1861 (t. II, Londres, 1863), el número de obreros empleados en las minas de carbón de Inglaterra y Gales era de 246,613; de ellos 73,545 menores y 173,063 mayores de 20 años. En la primera categoría se contaban 835 muchachos de 5 a 10 años, 30,701 de 10 a 15 años y 42,010 de 15 a 19. El número de obreros que trabajaban en las minas de hierro, de cobre, de plomo, de cinc y en otras minas metalúrgicas era de 319,222. Acompañantes Barcelona En muchos trabajos manuales, la diferencia que media entre el hombre considerado como simple fuerza motriz y como obrero u operario en sentido estricto cobra una existencia individualizada y tangible. Así, por ejemplo, en la rueca, el pie sólo interviene como fuerza motriz, mientras que la mano que trabaja en el huso lo hace girar, tuerce la hebra y ejecuta la verdadera operación del hilado. Pues bien; esta parte del instrumento manual es la que primero transforma la revolución industrial, dejando al hombre, por el momento, aparte del nuevo trabajo de vigilar la máquina con la vista y corregir sus errores con la mano, el papel puramente mecánico de fuerza motriz. En cambio, aquellas herramientas sobre las que el hombre sólo actúa desde el primer momento como simple fuerza motriz, por ejemplo haciendo girar la manivela de un molino,7 achicando agua con una bomba, tirando del fuelle, moviendo un mortero, etc., lo que hacen es provocar el empleo de animales, de agua o de aire.8 Estas herramientas tienden a irse convirtiendo en máquinas, en parte dentro del periodo manufacturero y esporádicamente antes ya de este período, pero no revolucionan el régimen de producción. Que son ya máquinas aun en su forma manual, se demuestra en el período de la gran industria. Así, por ejemplo, las bombas con que los holandeses achicaban el agua del lago de Harlem por los años de 1836 a 37 estaban construidas con arreglo al principio de las bombas ordinarias, pero en vez de ser movidas por la mano del hombre lo eran por gigantescas máquinas de vapor. En Inglaterra, todavía se emplea a veces el fuelle corriente y rudimentario del herrero, pero convertido en una bomba mecánica de aire uniendo sus brazos a una máquina de vapor. La misma máquina de vapor, tal y como fue inventada a fines del siglo XVII, durante el período de la manufactura, y en la forma que persistió hasta el año 1880, aproximadamente,9 no provocó ninguna revolución industrial. Fue, por el contrario, la creación de las máquinas–herramientas la que obligó a revolucionar la máquina de vapor. A partir del momento en que el hombre, en vez de actuar directamente con la herramienta sobre el objeto trabajado, se limita a actuar como fuerza motriz sobre una máquina–herramienta, la identificación de la fuerza motriz con el músculo humano deja de ser un factor obligado, pudiendo ser sustituido por el aire, el agua, el vapor, etc. Lo que excluye, naturalmente, la posibilidad de que el cambio provoque, como hace con frecuencia, grandes modificaciones técnicas en mecanismos que primitivamente sólo estaban construidos para la fuerza motriz del hombre. Hoy, todas las máquinas que tienen que luchar por imponerse y que, por la finalidad a que se destinan, no son desde luego incompatibles con el empleo en pequeña escala –por ejemplo, las máquinas de coser, las máquinas de elaborar pan etc.–, se construyen para que puedan funcionar movidas bien por; el hombre o bien por una fuerza mecánica. Escola lloret En la primera forma, o sea: 20 varas de lienzo = 1 levita, el que estas dos mercancías sean susceptibles de cambiarse en una determinada proporción cuantitativa puede ser un hecho puramente casual. En la segunda forma se vislumbra ya, por el contrario, enseguida, la existencia de un fundamento sustancialmente distinto de la manifestación casual y que la preside y determina. El valor del lienzo es siempre el mismo, ya se exprese en levitas, en café, en hierro, etc., es decir en innumerables mercancías distintas, pertene­cientes a los más diversos poseedores. El carácter casual de la relación entre dos poseedores individuales de mercancías ha desaparecido. Ahora, es evidente que la magnitud de valor de la mercancía no se regula por el cambio, sino que, al revés, éste se halla regulado por la magnitud de valor de la mercancía. graficas barcelona El Dr. Ure, el Píndaro de la fábrica automática, la define, de una parte, como la "cooperación de diversas clases de obreros, adultos y no adultos, que vigilan con destreza y celo un sistema de maquinaria productiva, accionado ininterrumpidamente por una fuerza central (el motor primario)", y de otra parte, como "un gigantesco autómata, formado por innumerables órganos mecánicos, dotados de conciencia propia, que actúan de mutuo acuerdo y sin interrupción para producir el mismo objeto, hallándose supeditados todos ellos a una fuerza motriz, que se mueve por su propio impulso". Estas dos definiciones no son idénticas, ni mucho menos. En la primera aparece como sujeto activo el obrero total combinado, el cuerpo social del trabajo, y el autómata mecánico como objeto; en la segunda el autómata es el sujeto, y los obreros simples son órganos conscientes equiparados a los órganos inconscientes de aquél y supeditados con ellos a la fuerza motriz central. La primera definición es aplicable a todo empleo de maquinaria en gran escala; la segunda caracteriza su empleo capitalista, y, por tanto, el sistema fabril moderno. Por eso Ure gusta también de definir la máquina central, de donde arranca todo el movimiento, no ya como un autómata, sino como un autócrata. "En estos grandes talleres, la fuerza bienhechora del vapor congrega en torno suyo a miríadas de súbditos."93 guia ocio barcelona Claro está que la cosa cambia radicalmente sí enfocamos la producción capitalista en el curso ininterrumpido de su renovación y si, en vez de fijarnos en un solo capitalista y en un solo obrero, nos fijamos en la totalidad, en la clase capitalista, de una parte, y de otra en la clase obrera. Pero esto sería aplicar a la producción de mercancías una pauta totalmente ajena a ella. guia ocio tarragona 98 Júzguese, pues, de la ocurrencia fabulosa de Proudbon, cuando "construye" la maquinaria, no como una síntesis de medios de trabajo, sino como una síntesis de obreros parciales que trabajan para los propios obreros. wmailbox 2° que el valor de este producto encierre, además del valor del capital desembolsado, una plusvalía, plusvalía que al obrero le ha costado trabajo y al capitalista no le ha costado nada y que, sin embargo, es legítima propiedad del segundo;



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